Vender siendo introvertido

Aquí una historia que te puede ayudar a saber lo que quiere tu cliente.

 

Cuando era pequeño y estaba tan delgado que si me vestía de rojo y me ponía de perfil parecía un arañazo, era muy introvertido.

 

En realidad siempre lo he sido. Introvertido, digo.

Delgado no siempre, pero casi.

 

Flacucho e introvertido.

 

Yo jugaba conmigo mismo. Estaba bien, era feliz así. No me gustaba la muchedumbre. Quería estar solo, en mi mundo.

Me sentía seguro.

 

Aunque con mis primos me divertía. Ahí sí.

 

Pero lo normal era yo querer jugar conmigo mismo. Mi imaginación, mis historias.

 

Cuando rara vez hablaba en alguna reunión familiar o con grupos de amigos, alguna vez decían:

«Hostia qué susto Antonio, ¿estabas ahí? no te había oído.»

 

Y algunos decían:

«No habla nunca pero cuando habla, sentencia»

«Sí, sí. Las mata callando»

«¿Cómo sabes eso? es que nos has oído.»

 

Porque una gran ventaja de ser introvertido, es que escuchas.

Al menos, escuchas más.

 

Y observas.

 

Observas y escuchas.

 

Y si observas y escuchas, pasa que te das cuenta de las cosas que te rodean.

 

Pero si no paras de hablar, si solo te preocupas de lo que tú quieres decir y no observas ni escuchas, pues lo más seguro es que no te des cuenta de la cosas que pasan a tu alrededor.

 

Y para mejorar tu mensaje de ventas, primero tienes callar y observar.

Y escuchar.

 

Después lanzas tu mensaje. Antes, no.

 

Te callas, observas tu mercado, escuchas a tu cliente y después lanzas tu mensaje.

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